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Historia del Hammam
El hammam islámico llegó directamente de los baños griego y romano. En un primer momento fueron baños de agua fría en los que tan sólo se permitía la entrada a los hombres. El hammam de agua caliente y el permiso a las mujeres a disfrutarlos no tuvieron lugar hasta que el profeta Mahoma se enteró de que el agua caliente (la palabra "hammam" significa "difusor del calor") podría promover la fertilidad. Pronto se convirtió en el centro de la vida musulmana, con varios en cada ciudad, pueblo y aldea aneja a la mezquita, poniendo la higiene al alcance de todos, de acuerdo con las leyes del Islam. La popularidad del hammam también se vió incrementada por la creencia de que el calor curaba muchos tipos de enfermedades. El precio por entrar era, y sigue siendo, tan bajo que incluso los más pobres pueden permitírselo. A diferencia de los grandes baños romanos abiertos, diseñados para promover la sociabilidad, los hammams eran en su mayoría pequeños y cerrados, asi como tenuemente iluminados para inspirar la piedad y la reflexión. Más tarde, la clase adinerada construyó grandes hammams para mostrar su riqueza y su devoción. En esos momentos los hammams pasaron a ser sinónimo de sociabilidad entre la gente, especialmente entre las mujeres, cuyas visitas semanales se convirtieron para algunas de ellas en la única ocasión en la que se les permitía salir de las fronteras de su casa. En estos días la salud de Marruecos y el negocio de los spa están floreciendo, dando como resultado el que Marrakech sea uno de los puntos más calientes del spa en África. Como consecuencia de ello, los hammams privados, cuyas características se encuentran entre las de los básicos hammams públicos y las de los caros y chic hammams de hoteles o riads, están convirtiéndose en cada véz más habituales.